Archive forDiciembre, 2009

Meditaciones de Franz Kafka

Bajo el título aparecen diez cuentos – más propiamente se les podría denominar parábolas -, rematados por esa Carta al padre, que es también un testamento impúdico del escritor checo. Sólo el desvergonzado escribe, decía Bernhard, y es cierto que Franz Kafka sostiene un cuerpo a cuerpo tenso y sin tregua con el padre, con un fin, el de llegar a la verdad que ha de facilitarles la vida y también la muerte.

Es la carta que todo hombre ha pensado, alguna vez, escribir a su padre: la diferencia física a favor del padre, fuerte y pletórico, la impotencia del niño, el desprecio por sus dudas ante el sexo, la imposición de una carrera, de la anulación de los compromisos matrimoniales, de la forma de practicar el judaísmo… Reales o ficticios todos los agravios del hijo referidos con meticulosidad y horror.

Relatos de Kafka entre los que figura la Carta al padre

Relatos de Kafka entre los que figura la Carta al padre

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Lev Tolstói y la música

Los genios suelen despacharse a gusto con otros creadores, generalmente lo hacen con los de su mismo gremio, pero también, a veces, pisan jardines ajenos.

Para Tolstói el arte era una senda estrecha entre la banalidad y lo retórico o barroco. El genio atrabiliario de Tolstói arremetía contra contemporáneos en teatro como Ibsen o Chéjov, y, por supuesto, no le gustaban los románticos. Aspiraba a lo racional, lo clásico, lo primitivo.

En música, en sus descalificaciones, tampoco era un moderado…

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No respetaba la ópera de Wagner, que ridiculizaba, ni al último Beethoven, ni a Chaikovski, solamente en parte a Bach – sus arias para violín -, un nocturno de Chopin, y pasajes escogidos de Haydn, Mozart y Schubert. Hay que decir que Lev Tolstoi era un músico virtuoso que tocaba en familia el piano con asiduidad.

A pesar de todo, y en su honor reproduciré esta cita suya, que testimonia su amor por la música: “Debo decir que toda la civilización occidental podría irse al diablo. Pero sería una pena por la música”.

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La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina

He seguido su obra desde los artículos de El robinsón urbano editados por Pamiela, a las primeras novelas de éxito, El invierno en Lisboa, Beltenebros, sus cuentos de Nada del otro mundo, El jinete polaco que le valió el Planeta, la detectivesca Plenilunio, el mundo de la mili de Ardor guerrero, o el de los exilios o las persecuciones de Sefarad. Siempre he encontrado una prosa exigente, laboriosamente pulida y sólida. Pero el mayor interés para mí lo ha despertado la exploración de la memoria, de las raíces de nuestra historia contemporánea que hace Muñoz Molina.

He abierto la nueva novela con temor y los dos nombres de quienes provienen las citas auguran un acierto: Manuel Azaña y Pedro Salinas, dos intelectuales, un escritor y un poeta, que se distinguieron en la locura de la guerra civil por un juicio y equilibrio casi imposibles.

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