De andar por casa…XI
Posted by Jesús on febrero 22nd, 2012
Miércoles, 22 de febrero
Hoy los sucesos estudiantiles -disturbios y manifestaciones- de ayer en la ciudad de Valencia eran la comidilla del Instituto: profe, ¡qué fuerte! ¿has visto las imágenes?; la sala de profes, el departamento didáctico, los pasillos, el patio, las aulas, hasta en la cafetería olía a paella valenciana socarrat. Y había opiniones de todos y para todos los gustos.
Pero hay algo positivo que deseo sacar de todos los dimes y diretes provocados por las porras policiales: que algunos de los alumnos y algún que otro profesor, se hayan preguntado quién era ese Luis Vives,titular que da nombre al Instituto de Secundaria valenciano alrededor del cual ha surgido toda la trifulca y, por cierto, antaño convento de la Orden mendicante dominicana.
Me he comprometido con algunos de los alumnos con los que hoy he cruzado conversación, de que escribiría en este espacio del blog, De andar por casa…, del filósofo español Luis Vives March. Y aquí va.
Ojalá que algo de la vida y de la obra de este humanista universal y valenciano nos dé la oportunidad de poner algo de luz y de sensatez en todo este plan de los recortes en la enseñanza pública y sus consecuencias.
Esto os puedo contar de él sin liar mucho las cosas porque complicada vida tuvo el colega filósofo (¡perdón! por el atrevimiento de llamar colega a tamaño pensador y educador). Para que después digáis que la filosofía es un aburrimiento:
Luis vio la luz por primera vez en Valencia. Corría el memorable año 1492; hijo legítimo de padres judios conversos al cristianismo más por conveniencia al decreto real que por convicción religiosa. Las boyantes empresas familiares bien valían una misa y varios rosarios, pensarían. Pero secretamente permanecían fieles a sus profundas raíces y ancestrales tradiciones judías, por lo que no hicieron ascos a aparentar ser fervientes católicos + apostólicos + romanos. Pero en coherencia con el dicho - más sabe el diablo por viejo que por diablo-, el Santo Oficio y sus redes de información dieron al traste con la pantomima de la conversión de los Vives: un día fueron descubiertos por la Inquisición, “in fraganti” en una sinagoga portátil y doméstica. Y el Santo Oficio, que no tiene por costumbre el cruzarse de brazos, inició un largo proceso para depurar responsabilidades, como diríamos actualmente.
Y en plena adolescencia, con solo quice años, Luis se inscribió en la Universidad de Valencia, hasta que su padre, hombre parece que prudente y sensato, preocupado por el cariz que tomaba el antaño y pertinaz asunto de la Inquisición, decidió enviar a su hijo a estudiar al extranjero, a París, en la Universidad de la Sorbona. Mejor que Luisito esté fuera de casa cuando vengan a apresarnos, pensaría su progenitor.
Luis se aplicó en los estudios y tras obtener su doctorado “cum laude” en 1512 se trasladó a Brujas (Bélgica) donde cortejaría a la que más tarde sería su esposa, Margarita Valldaura. Estando allí recibió la fatídica nueva de que su padre había sido condenado por la Inquisición y quemado públicamente en 1526. Y un poco más tarde (1529), todavía hubo más pero no peor que lo de papá: que su madre Blanca March, muerta dieciocho años antes, había sido desenterrada y sus restos óseos quemados. Pero ¡qué brutos los inquisidores y sus secuaces! no dejaban en paz ni a los muertos.
Esto hundió a Luis en una depresión anímica, ¡no era para menos!, y entonces optó por poner pies en polvorosa trasladándose con sus baúles y familia a Inglaterra. Esta decisión no fue fácil: le costaba (un huevo y el otro , con perdón) dejar la vida académica de Lovaina, en la que sobresalía el gran Erasmo de Rotterdam, y que destacaba por los espacios universitarios en los que entretenerse con intelectuales y apasionantes discusiones, tan de moda entre los humanistas de entonces.
Ya en Gran Bretaña, pronto encontró un trabajo bien pensionado como cortesano; vió así cumplido su deseo de radicarse en una corte como la inglesa, para él el lugar sin igual en el que todo humanista podría desarrollar dignamente su trabajo investigador de la cultura y enseñar los descubrimientos de sus estudios. Pero la cosa no iba a ser tan fácil. Fue estando allí cuando hizo amistad con Tomás Moro y la compatriota reina Catalina de Aragón; estas influyentes relaciones supuso un auténtico “pelotazo” comercial para Luis, lo que le rentó pingües ingresos económicos.
Pero la buena suerte no duró mucho para Luis. Todo se vio truncado cuando ambos amigos cayeron en desgracia a los ojos de Enrique VIII; el primero perdió la cabeza de un tajo y la segunda, destronada, sufrió el ostracismo del destierro. Entonces imagino que Luis haciendo memoria del refrán castellano, cuando veas las barbas de tu vecino pelar pon las tuyas a remojar, y temiendo el peligro de correr la misma suerte que sus protectores amigos, busco salvaguarda y refugio económico bajo la capa del rey Carlos I de España, a quien, y olvidándose de que éste era rey cuando sus padres murieron, hizo la pelota dedicándole su tratado De concordia et discordia in humano genere y otro al inquisidor general de España que tituló De pacificatione, para evitar así toparse con la santa madrastra Iglesia, es decir, el Santo Oficio, que guardaba buena memoria del pasado judío de Luis.
Puedo concluir de buena manera diciendo que se convirtió en un reformador de la educación europea y en un filósofo moralista de talla universal, proponiendo el estudio de las obras de Aristóteles en su lengua original, el griego. Aunque el auténtico best seller de Luis que aseguró la vida de sus herederos fue libro que sirvió como método de estudio del latín a varias generaciones posteriores.
Así que haciendo honor al patrón del Instituto, a Luis Vives March, podemos enfrentarnos a las porras policiales con los contundentes y en desuso diccionarios de latín. ¡Sería original!, aunque poco efectivo. Veo como mejor que todos juntos nos sentemos alrededor de la misma mesa y en diálogo fraterno leamos las dos obras de Vives recién mencionadas.
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