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Archivo de Diciembre 2008

Es cierto que las abejas juegan un papel muy relevante para nosotros. Polinizan plantas y nos dan miel como alimento. Es, probablemente, uno de los animales a los que más cuidamos. Desde luego, el animal no doméstico al que más cuidamos, ahora que la seda tiene menos importancia.

Sin embargo, basta con un zumbido a nuestro alrededor para que dejemos de prestar atención a lo que estemos haciendo y nos concentremos en esquivar su picadura.

Aleiodes_indiscretus_wasp_parasitizing_gypsy_moth_caterpillar.jpg

Y no somos los únicos que nos asustamos. Las orugas, plagas de plantas, también. Tienen unos pelos sensitivos que detectan el movimiento del aire, asociado a la frecuencia típica de abejas. Representan una adaptación evolutiva muy selectiva. Las orugas, entonces, se esconden o abandonan la planta. ¿Por qué, si las abejas no tienen nada que ver con las orugas? ¿Por qué tirarse de una planta al suelo y perder mucho tiempo en una vida corta? Porque el zumbido de las abejas tiene una frecuencia similar al de las avispas. No parece casualidad. Ambas han convergido hacia ese rasgo y hacia otros muchos similares, como su aspecto. Probablemente sea útil a ambas ser confundidas entre sí porque ambas son peligrosas. Ahorran bastante energía aprovechándose de las ventajas que eso les reporta.

Aunque las orugas son víctimas de esa confusión.

Y nosotros, gracias a la investigación de Jürgen Tautz, podemos aprovecharnos de ello.

¿Imaginas un invernadero con una maquinita que zumbe? Y orugas escapando de allí.

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En investigación, siempre se habla del equipo. La ciencia moderna no la hacen personas sino grupos de personas. El individuo no es relevante si no es con otros.

Entonces, ¿por qué cuando muere un director científico brillante su equipo no vuelve a producir al mismo nivel, incluso aunque pasen años? No parece tener sentido.

A esa conclusión ha llegado el equipo de Pierre Azoulay estudiando la producción de artículos de 161 equipos descabezados por la muerte de sus directores en edad fértil para la investigación (todos antes de los 67 años). Todos sufrieron una caída en la cantidad de artículos publicados.

¿Es que el jefe era el que realmente tenía las ideas? Más bien no. Más bien parece que el papel del director científico (probablemente de muchos otros jefes), además de tomar decisiones, es el de aglutinar. Saber lo que pasa, escuchar, hacer circular la información. El jefe sabe lo que está ocurriendo y tiene una visión más amplia. Por eso dirige el equipo. No porque sea más listo (que habitualmente lo es) o más fuerte (suele tener más autoridad, aunque esto no siempre es necesario). Es porque ocupa un lugar privilegiado en una red. Para hacer circular la información y tomar buenas decisiones.

Y una red que pierde un nodo importante, que hace circular la información, cae, se resiente.

Lo mismo para los directores científicos que mueren prematuramente que para las especies que se extinguen. En este último caso, la información se sustituye por los nutrientes. Las especies jefes son las que acumulan mayor porcentaje de nutrientes.

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Esta es una entrada bilingüe.

Título morboso, ¿eh?

Pues no tiene nada de raro. Simplemente, que las mujeres, como muchas hembras de las diversas especies de mamíferos, son menos sensibles a la morfina. O, dicho de otro modo, que los hombres, como muchos machos de las diversas especies de mamífero, somos más sensibles a ese fármaco.

Tomada de georgiapainphysicians.com/l2_edu_pharma_mod1_slides.htm

Se debe a que en una región del cerebro de nombre raro (sustancia gris periacueductal) hay muchos más receptores para la morfina (receptores opiáceos) en hombres que en mujeres. Y en ratas macho que en ratas hembra. Y en… Eso provoca que esa región, cuya función es atenuar el dolor (y tú sin saber que existe y dónde está), resulte más sensible a la analgesia en hombres. Vamos, que con un chutecillo ya nos vale. Las mujeres necesitan más dosis para lograr la misma analgesia.

Men get more relief than women do from painkillers like morphine, according to new research with rats. Male rats have more receptors for the drug in a brain region involved in pain processing. Although it’s not yet clear whether the same is true in humans, the study underscores the need for more research on the sex-specific effects of pain drugs.

For example, both male and female rats will withdraw a paw from a hot probe in 8 or 9 seconds. After a shot of morphine, the females might tolerate the probe for another second or two, but males let the paw linger up to 20 seconds.

A better understanding of underlying neurobiology could one day lead to more effective pain drugs for women. Morphine produces less analgesia -and more side effects- in women.

¿Consecuencia? Que, a partir de ahora, los ensayos clínicos sobre analgésicos deben incluir esta diferencia de sexo. No vale hacer la media. Los fármacos que se produzcan para aliviar el dolor deben tener en cuenta si están dirigidos a hombres o mujeres. Hasta ahora no ocurría así. También deben tenerlo en cuenta los médicos. Es verdad que no todos los analgésicos tienen el mismo mecanismos, pero si una región implicada en atenuar el dolor muestra una diferencia de sexo tan grande, hay que ponerse a revisar todo lo hecho hasta ahora en fármacos para el dolor. Si una mujer requiere más dosis, los efectos secundarios pueden no ser triviales.

La situación debe cambiar. Porque el dolor es una cosa muy seria.

Esta historia me la contó Anne Murphy en Science.

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Esta entrada es bilingüe.

Tomada de triroc.com/sunnen/topics/prion.htm

Tienen mala fama los priones. Mala fama ganada a pulso, como te contaba y veías en “Priones“. Que exista una proteína tan puñetera, capaz de destrozar un cerebro con un simple cambio de forma, puede parecer un error.

A no ser que…

A no ser que reporte alguna ventaja que compense. Que compense mucho.

Y esa ventaja se ha descubierto. Una ventaja tan grande que compensa el peligro de tener una proteína que, si cambia de forma, te fríe las neuronas.

Resulta que la versión normal de la proteína priónica, llamada PrP, tiene una función clave en la detección de olores. Como ha descubierto el equipo de Stuart Firestein al poner a ratones de laboratorio a buscar trocitos de galleta ocultos en el serrín del suelo de la jaula. Ratones KO para esa proteína, o tardaban más, o nunca los encontraron.

They noticed high levels of normal prion protein in the cells that make up the animals’ olfactory systems. Wondering whether the protein might play a role in this sense, the researchers hid bits of peanut butter cookies in the shredded bedding of a cage. They then timed how long it took both normal mice and rodents genetically engineered to not make PrPc to sniff out the snack. Normal mice spent an average of 73 seconds searching for the treat before they found it, three times faster than their PrPc-free counterparts. Six of the 20 PrPc-free mice never found the cookie at all.

Y no sólo eso. Si los investigadores introducían un olor concreto en la jaula, y luego lo cambiaban, los ratones KO para esa proteína no reaccionaban de manera diferente ante el cambio, a diferencia de los ratones normales. Lo que lleva a pensar que no son capaces de diferenciar la novedad del olor habitual. O no muy rápido.

When the researchers piped the same scent of peanut butter into the cage, normal mice spent less time nosing in the direction of the smell as they became used to it. But their sniffers would perk up again when a new scent like vanilla or honey was introduced. The PrPc-free mice acted no differently when presented with a new scent, suggesting they couldn’t discriminate between familiar and novel smells.

Esos ratones KO estaban genéticamente modificados, sí. Pero no inválidos. Sus genes PrP estaban apagados pero podían activarse (¡hay que ver las cosas que hemos aprendido a hacer!). Y al activarse dejaban de actuar como lo estaban haciendo. Sus habilidades eran similares a las de los ratones normales.

The performance of the genetically modified mice improved once the researchers turned on their PrPc-making genes. On the other hand, the PrPc-free mice showed good appetites and appeared healthy overall.

No es que los ratones KO para PrP no sean capaces de oler, no. Es cuestión de eficacia. Sin esa proteína son como miopes para los olores. No los notan a demasiada distancia, no distinguen fácilmente entre ellos. Por lo demás, los ratones KO para PrP se muestran perfectamente saludables. Pero el sentido del olfato es esencial en los mamíferos, como ya te contaba en “Olfato y nuestro pasado“. Sin él, la supervivencia de animales nocturnos queda seriamente comprometida. Y nuestros antepasados fueron animales nocturnos. Encontrar rápidamente los recursos en la oscuridad, identificar la posible amenaza de un depredador que aún está a cierta distancia, buscar pareja, saber que estás entrando en territorio de un rival, todo eso descansa en el olfato.

PrP es una proteína con mala fama, pero que está ahí por algo. Probablemente, sea responsable directa de un gran éxito evolutivo. El nuestro.

The normal prion protein plays a role in an animal’s sense of smell is an important contribution, because it pegs the protein to an actual neurophysiological process.

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Llevo algo de tiempo sin pensar como profesor. Otros problemas inmediatos me agobian más, me exigen concentrarme en ellos (p.ej., cómo resolver una cuestión cuyo protocolo, aunque no me guste, he heredado; cómo sustituir ese protocolo por otro más robusto; qué perfil es el deseable para un profesor que imparte e-learning y cuáles han de ser sus tareas; cómo formar a aquellos profesores que deseen orientarse hacia e-learning en función del perfil deseable; y alguna más). No es que los vaya a resolver yo solito, no. Ni de coña. Ni tengo la capacidad ni la función. Lo que sí tengo es la oportunidad de aportar a ellos, a su resolución, si es posible y tengo algo de acierto.

Por eso, el otro día, un día de trabajo rutinario (sin connotaciones peyorativas, eh?; a mí no me molesta el trabajo rutinario; es más, me gusta a ratos, me centra), un día que habitualmente estoy de vacaciones pero que este año me pilla currando, un día bastante frío y gris de niebla, vi un chispazo. Me acordé de que soy profesor. Fue un chat que mantuvimos un ratito Aníbal y yo. Sobre el e-learning y su evaluación.

Esto viene de atrás. En una comunidad virtual muy querida (RedBioGeo) tuve la oportunidad de plantear mi metodología y debatirla con buenos amigos. Una discusión sobre objetivos y aspiraciones, una sobre procedimientos y dinámicas de aula y otra sobre evaluación. Esas discusiones (y la experiencia) me permitieron darme cuenta de que mi enfoque de evaluación no está completo y resulta el punto débil de toda mi propuesta.

Mi objetivo siempre ha sido que el alumno controle sus procesos de aprendizaje y que la evaluación sea formativa (paso de la evaluación baremativa). Para eso, intento ofrecerles herramientas y una dinámica de aula, con unos objetivos: hacer vocabularios, resúmenes y esquemas para tratar la información, mapas conceptuales y mapas semánticos para encontrar relaciones. Eso me ha salido bastante bien. Yo estoy contento con esas herramientas porque los alumnos me han transmitido su contento con bastante claridad.

Como puedes ver, este enfoque constituye la base del trabajo por tareas. Eso sí, me han faltado historias unificadoras, capaces de dar unidad a todo el proceso y relacionarlo con otras cuestiones de otras materias. Una historia integradora y una tarea como dios manda. No sólo con el espíritu, sino también con la forma. Pero ese paso lo veo fácil de dar. Luego te cuento.

De otros aspectos no estoy tan satisfecho. De la evaluación, sobre todo. De algunos aspectos de ella.

Hay una parte que sí, que me tiene contento. La solución que encontré para la evaluación fue reducir la tensión que genera la evaluación a base de no ponerle límite. El alumnado puede repetir la evaluación tantas veces como necesite para aprobar (dentro de disponibilidad de tiempo, no hay límites; eso sí, el curso regular termina el 30 de junio :) ). Por otro lado, como compensación a un número ilimitado de oportunidades, exijo el 80% del currículum. Aprobar con un 5 nunca me pareció una buena idea (en realidad, aprobar con la mitad del currículum me parece un fraude para el alumnado, pues le decimos que sabe y no es cierto). Todo esto lo sigo manteniendo.

Y la forma de preparar la evaluación los alumnos también me gusta. Les doy como pauta una serie de clases de preguntas y unos ítems sobre los que hay que preguntar. Y les pido que, mediante trabajo cooperativo, formulen un listado de cuestiones. No que las respondan, no. Que pregunten las preguntas. Que reflexiones acerca de qué se les puede preguntar.

Pero el chat con Aníbal y el final del curso pasado me están haciendo ver que me estoy quedando corto.

Porque la herramienta que empleo para evaluación es el examen. Sólo y exclusivamente el examen. Algo que muchos sabemos que no es ideal pero que elegimos por cómodo y objetivo. Cómodo y objetivo para el profesorado, quiero decir. He pecado por miedo a descartarlos mantenerlos, estando como estoy convencido de que se deben cambiar.

No digo que no haya que hacer exámenes, no. Digo que YO no debo poner los exámenes. Estoy dejando al alumnado la capacidad de gestionar sus avances, de elegir caminos, de aprender por sí mismo. De elegir cuándo evaluarse. Pero le estoy negando la posibilidad de elegir la forma de evaluarse. Es curioso que les permita decidir sobre el momento, pero no sobre la forma.

No, curioso no. Es ridículo.

¿No os ha pasado que ponéis un ejercicio escrito y el alumnado se esperaba las preguntas? Es decir. Los alumnos podrían haber puesto el examen. ¿Y no os ha pasado que unos aprueban con un tipo de examen y con otro no? ¿Cuál es más válido, con el que aprueban o con el que suspenden? ¿No os ha pasado que elegís unas preguntas de entre muchas posibles? Es decir, que hay miles de exámenes potenciales y más o menos equivalentes. ¿Por qué uno?

Pues esa es la idea. Que alumnado trabaje por tareas más explicitamente. Y que una de las partes de cada tarea sea la evaluación. Que ellos propongan cómo quieren ser evaluados. Según unas pautas que yo les ofrezca, según modelos que me permitan enseñarles a evaluarse. Ese, por cierto, es el trabajo más duro por hacer. Sé enseñar a hacer ejercicios escritos. Pero tengo que buscar otras soluciones. Transferencias de conocimiento evaluadas mediante rúbricas, por un lado, y productos con control de calidad son las que más me atraen. Seguro que hay otras.

Que conviertan hacer vocabularios, resúmenes, esquemas y mapas (mentales y semánticos) en una tarea. Y que añadan una propuesta de evaluación que yo respetaré salvo que tenga que argumentar en contra (por excesiva dificultad, por ser incompleta, por no tocar diversas formas de demostrar que se sabe…).

Mi trabajo será enseñarles a hacer tareas. Como las que se ejecutan en el mundo real para resolver problemas y encontrar soluciones. Incluido un sistema para evaluar la tarea. Y no exámenes. Como los que nunca se usan en el mundo real.

Llevas razón Aníbal. Me estoy quedando corto. Pero no sólo por poner exámenes. Por ponerlos yo. Sustituir los exámenes por otras formas tampoco sería la solución. Enseñar a autoevaluar es por donde quiero ir.

No son las formas. Es quién.

¿Puede hacerse? Otros ya están.

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